ESTRATEGIA DEL ECO


El arte parece ser la excepción. Serlo permite que lo reconozcamos como tal. Más que la belleza, lo excepcional sería su objetivo. No tanto ocuparse de ello como crearlo. Con todo, este carácter extraordinario se lo concede el resto de la sociedad, desde fuera, no quienes se ocupan de producir un arte auténtico. En su caso, lo excepcional es lo cotidiano. Y pienso en Teresa Salcedo. Y en una frase que rescato de un libro de Giorgio Agamben: “Lo que para otros es normal para ellos es la excepción; lo que para los otros es excepción para ellos se vuelve forma de vida”. Pero esta cita no alude a los artistas, sino a los franciscanos, y más concretamente a los que se llamaron fraticelos o begardos, como Fray Pedro Juan Oliva, quien filosofó, por un lado, sobre la praxis económica, y por otro, sobre cuestiones metafísicas, no dejando de mezclar ambos asuntos. El “estrecho y pobre uso de las cosas” prima sobre la propiedad, nos decía. Este “uso pobre” se plantea como la “forma” de la renuncia a los bienes. Extrapolando este planteamiento a la práctica artística, y en concreto a la pictórica, nos encontramos con unos objetos (pinturas y dibujos) que, producidos con semejante espíritu, lejos de ser una meta –como cualquier otro bien sujeto a inventario– son elementos vivos que servirán en tanto subsista en ellos un valor de uso, valor vinculado a su capacidad poética o comunicativa. La crítica del sistema del arte y del mercado es algo que no puede distinguirse, en el caso de Teresa Salcedo, de los presupuestos estéticos. Cuando utiliza el término “Resistencia”, alude al raro empeño en salir del silencio que anima a determinadas obras que han sido negadas, y que las convierte en cosa artística por ese mismo empeño, que es algo parecido a la necesidad de respirar del ser vivo.


Las peculiares prácticas de Teresa Salcedo se imponen para romper un cerco de silencio. Y el modo de hacerlo es, a su vez, silencioso. Como los maestros zen, utiliza la paradoja. Porque una respuesta estridente le haría el juego al mercado, donde tanto se cotiza el escándalo. Esta respuesta callada de Teresa Salcedo viene materializando la revelación, desde tiempo atrás, por la vía inopinada de una simple huella o del ocultamiento, y plantea ahora una nueva estrategia comunicativa basada en el reciclaje de obra previa, y en una leve pero efectiva dramatización. En 1995 Alicia Murría ya dictaminaba que “en la pintura de Teresa Salcedo existe un metódico trabajo de ocultación”. Son palabras que recojo del texto que escribió para el catálogo de “Pantallas”, una exposición en la galería madrileña Anselmo Álvarez. Se trataba de sutiles pinturas sobre lino, algunas de grandes dimensiones, de formatos cuadrados, y que tenían, a su vez, al propio cuadrado como asunto, figura en retroceso, que escapaba más del tacto que de la vista. Una realidad fugitiva y velada, que manejaba el léxico formal de lo impreciso y lo difuso. Unas pinturas que son objeto de una nueva lectura en una nueva exposición que, a la vuelta de dos décadas, nos plantea la artista en A del Arte.

Alguna de aquellas “pantallas” sobrevive intacta, y se muestra tal cual, reubicada. Otras se convierten en materia prima o en motivo de las pinturas y dibujos más recientes. Estas telas de los noventa se tensaban sobre bastidores, al uso occidental, y la propia tensión del soporte aportaba su geometría, objeto de variaciones posteriores. Su reciclaje adopta ahora el modelo del kakemono japonés o el tanka budista, telas que pueden o bien enrollarse o bien desplegarse en vertical a modo de estandartes. Como en el arte oriental, las telas se protegen con otras telas, a modo de orlas. Las formas difusas e insumisas quedan así enmarcadas en otras formas donde impera la disciplina, lo reticular y la reiteración. Pero estas viejas pinturas, piadosamente cuidadas, se ven sometidas a la ocultación, pues por delante de las mismas cuelgan otras pinturas cuyo motivo son, a su vez, pinturas tendidas, que asemejan, por la forma en que se han resuelto, representaciones de cascadas de agua, un motivo clásico de la pintura extremo oriental. En ocasiones anteriores, las pinturas contenían textos deconstruidos, de Cioran, o de San Juan de la Cruz, por ejemplo, y acumulaban capas y veladuras. Ahora se llega un poco más lejos, y se visibiliza como un modelo de desvelamiento, insistiendo en la radicalidad que Teresa Salcedo manejó en su “Silencio peregrino II”, en la sala Juana Francés de Zaragoza, encarcelando los cuadros (intervención paralela a la individual en A del Arte “Silencio Peregrino I”).

“Todas las substancias carecen de substancia / demorarse en la vacuidad es salir de ella” dicen los versos del poeta chino Po Chü-i. “¿Llegaré algún día a ser tan puro que no pueda reflejarme sino en las lágrimas de los santos?”, escribe Cioran. La demora en la vacuidad configura un discurso fuerte, y que aprende del eco su forma de actuar. Las formas fluyen. Las lágrimas son un asunto afín a Teresa Salcedo. De ellas aprenden sus “Pinturas Tendidas”. A ellas nos recuerdan las huellas de la cera sobre ese papel de estraza, y que simulan flores. Flores que, junto a las aves, son un motivo recurrente en la pintora. Flores caligráficas y sensitivas. Aves vigilantes, duplicadas en sus reflejos. Pájaros que se convierten en frutos, en un proceso de enquistamiento; o pájaros que parten, desde las manos de la artista, como emisarios (pájaros bomba o bombitas, los llama), con la intención de perturbar a los indiferentes en su sueño y a los malvados en su vigilia.

 

 

NOTA:

Teresa Salcedo regresa a A del Arte con una individual que se plantea como una puesta en escena donde cada una de las obras concretas, pinturas y dibujos, adoptan un papel.

El trabajo de la pintora oscense se ha desarrollado en largos proyectos sucesivos: “Ángulos”, a inicios de los ochenta, “San Miguel” (alrededor de la iglesia de tal advocación, en Alquézar), entre 1988 y 1993, “Pantallas”, entre 1995 y 2003, y “Sakkei. Un paisaje prestado”, entre 2004 y 2014. Unos proyectos que han sido objeto de exposición en muy diversos espacios, tanto públicos como privados, y en diferentes ciudades españolas y extranjeras.

Su proyecto en curso consolidado cinco años atrás, bajo la doble denominación de “Pintura Tendida” y “Resistencia”, tiene bastante de relectura y mucho de transgresión. Se opta por una estrategia de nueva visibilización, revisando todas las obras de sus proyectos más estrictamente pictóricos. En esta ocasión “Pantallas”, sumando las iconografías (pájaros, flores, paisajes) del tiempo de “Sakkei”, e integrando las tradiciones de Occidente (los grandes maestros como Van Der Weyden) y del Extremo Oriente, que le llevan a utilizar telas sin bastidor, enrolladas, o desplegadas en vertical como banderolas. En la intervención que recibe al visitante, pinturas de los noventa, reutilizadas, se libran de sus bastidores, y se presentan en segundo plano. Frente a ellas cuelgan nuevas telas que tienen a la propia pintura tendida como asunto. Es un todo un juego de ocultaciones y revelaciones, que da paso a un segundo ámbito expositivo donde dialogan proyectos, formas, signos e iconos cargados de simbología, donde no falta ese nuevo motivo de las telas tendidas, también trasladado a un notable conjunto de papeles.

Como dice Teresa Salcedo: “Muchas preguntas sin respuestas que dan lugar a otras muchas y nuevas preguntas”. Una pintura tendida o puesta a la intemperie (a la contemplación crítica), negándose al silencio y abriéndose al dolor ajeno (como una “sábana blanca maternal”, dirá la artista).



Texto de Alejandro J. Ratia





                                                                                                                                              






                                                  

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PINTURA TENDIDA. RESISTENCIAS

6 de septiembre - 5 de octubre 2018

teresa salcedo